"Si un asno se marcha de viaje, no volverá a casa hecho un caballo", escribió el historiador británico Thomas Fuller en el Siglo XVII. Para la historia que voy a contar la frase bien podría trazarse así: Si un caballo emprende una empresa regresará a casa sin sobrepasar los linderos de su integridad.
La historia ya está escrita, simplemente quiero traerla aquí desde los recovecos de la memoria porque merece la pena recordarla. Narraré un pequeño fragmento de la vida de dos hombres alejados en el tiempo y distanciados en el espacio. Más de dos mil años y dos continentes separan sus vidas; pero un mismo salvoconducto les une, combatir con la muerte en cada recodo del camino con el único horizonte de salvar la vida de sus hombres.
Si quiero matizar el hecho de que eran mundos diferentes, y por tanto, sin entrar en analizar cuestiones morales ni pautas éticas sobre la conquista de Persia por parte de Alejandro, no debemos olvidar que, un siglo más tarde, en el siglo III a.C. sólo un puñado de estoicos cuestionaba la moralidad de la guerra.
Pues bien, no se sabe si Shackleton habría leído “Las campañas de Alejandro” narradas por el historiador griego Arriano, pero aún desconociendo este hecho, lo que está fuera de duda es que los dos vivieron con sus hombres el encuentro con la naturaleza en su estado más primitivo y les guiaron en autenticas hazañas de supervivencia humana. Aunque, bien es verdad, que en la Antártida sobrevivieron los veintisiete hombres embarcados, mientras que el desierto de Gedrosia se tragó muchas vidas.
La vida de los dos se trenza alrededor de hechos que parecen calcos la una de la otra. Se sabe que ejercían un profundo magnetismo a su alrededor e inspiraban plena confianza en sus hombres, les adoraban, este seguimiento a ciegas no les había llovido del cielo, se lo habían ganado. Eran los primeros en afrontar el peligro, en dar ánimos, en no flaquear y los últimos en reconfortarse cuando la suerte les sonreía. Los libros también nos cuentan que tenían a su lado a hombres de gran lealtad, en realidad éstos eran, más bien, su propia prolongación. Hefestión al lado de Alejandro y el leal y segundo Frank Wild a bordo del Endurance.
Cuenta la historia sobre Alejandro:
“Según los exploradores ya se había superado con mucho la mitad de la marcha, ésta era tan larga que Alejandro ordenó detenerse bajo el sol para que los más rezagados pudieran darle alcance. Entonces alguien preguntó, -¿dónde está el rey? Se adelantó un macedonio seguido de dos tracios, uno de ellos llevaba un yelmo boca arriba con agua dentro, no mucha, pues apenas llenaba el casquete superior. El primero de ellos hincó las rodillas esbozando una ancha sonrisa en su polvoriento rostro pintado de azul y le ofreció el yelmo.
Alejandro lo tomó. Por unos momentos contempló su interior, se inclinó hacia delante, posó una mano sobre el hombro del soldado tracio, le dijo algo en su idioma y meneó la cabeza. Después se levantó y, alzando el yelmo dijo, ¿Yo sólo he de apagar mi sed?’, y sin más, derramó el agua al suelo. Este gesto reanimó a los soldados, que parecía que cada uno había bebido el agua rechazada por el rey”.
Así narran en sus diarios los hombres del Endurance:
“Hasta donde alcanzaba la vista, el hielo se alzaba alrededor, la temperatura había bajado a veintiséis grados bajo cero. A cada hombre se le dio un saco de dormir y se le asignó espacio en una de las cinco tiendas de campaña. Había sólo dieciocho sacos de piel y los echamos a suerte –escribía McNish-. Por primera vez tuve suerte y me tocó uno. A nadie le pasó desapercibido que hubo trampa en el sorteo –apuntó Bakewell-, pues sir Ernest, el señor Wild … el capitán Worsley y algunos de los demás oficiales sacaron los sacos de lana. A sus subordinados les tocaron los buenos y calientes sacos de piel”.
La vida quiso unir a estos dos hombres con una invisible cadena, y la historia quiso narrarla, esta cadena no es otra que demostrar su grandeza humana cuando el destino quiso someterles a pruebas como éstas.

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