
Tanto cargo, tanto equilibrio de poderes y, al final, más de lo mismo. Porque éramos ingenuos, euroentusiastas e imberbes en la época en la que el eje franco-alemán dirigía los destinos de Europa con el apoyo y complicidad de España. Han pasado 25 años y seguimos en las mismas: Francia y Alemania resuelven en petit comité lo que la Babel europea no se atreve a nombrar: el futuro.
Sarkozy y Merkel entienden que no hemos superado la era de las locomotoras económicas y políticas que han tirado históricamente de la Unión. Un encuentro les ha bastado para diseñar la Agenda 2020 y laminar el coro de voces inconexas que dirige nominalmente esta nuestra comunidad.
No han recibido buenas críticas, ni entre los socios ni entre la prensa de sus respectivos países, que ve rácanos e insuficientes los esfuerzos que plantean para el continente. Pero, tristemente, este furtivo encuentro de la pareja parece la única manera de sacar de la inacción a un perro que aún se lame las heridas de Copenhague, Davos y Madrid.
Pasadas las serviles genuflexiones de Aznar ante Bush y la pérfida Albión, no estaría de más que España retomara sus antiguas alianzas. Con mayor motivo en un momento en el que, o entramos en la sociedad de los notables, o el semestre presidencial quedará como una figura decorativa más de las que adornan, inútiles y pomposas, los rincones de Bruselas.
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