
El acto conmemorativo de la Carta Magna, celebrado el pasado día 4 en el Congreso, tuvo un protagonista inesperado: el joven que, tras leer el artículo sobre el derecho de huelga, cargó contra los sindicatos antes de que le fuera retirada la palabra: "Me da pena y vergüenza que los sindicatos no ejerzan este derecho en los tiempos que corren", afirmó. El evento, al que fueron invitados celebridades como Casillas o los componentes de Estopa, estaba obviamente preparado para evitar toda polémica y celebrar de manera acomodaticia para todos los partidos el aniversario de la Constitución. Una forma, en definitiva, de poner al texto fundacional de la democracia moderna en la palestra, pero sin que se produjera ningún tipo de acercamiento crítico a sus artículos ni se establecieran vínculos con la situación actual española, que ha cambiado mucho en los, no conviene olvidarlo, más de treinta años que han pasado desde su redacción.
En los medios el suceso ha pasado con más pena que gloria, y desgraciadamente no ha servido para iniciar una reflexión sobre el papel de los sindicatos en el panorama político y social, como probablemente quería el estudiante, Javier Borderías. Pero es sintomático, y muchos nos hemos visto reflejados en sus palabras, de la domesticación de las ideologías y principios políticos de los partidos que impera en España, el que jóvenes como Borderías se sitúen más a la izquierda que el mismísimo Partido Socialista Obrero Español (PSOE), que Comisiones Obreras (CCOO) y la Unión General de los Trabajadores (UGT). Una izquierda, la de Borderías, que no es extrema, a la izquierda de una izquierda, la de los poderes institucionales, que es más de centro e incluso de centro-derecha que otra cosa. Una izquierda ésta última, la de Zapatero, que inyecta millones a un sector bancario que no ha dejado de tener beneficios en mitad de la crisis o que le hace el juego a Mohamed VI en la violación flagrante de los derechos humanos que está sufriendo la activista saharaui Aminatu Haidar.
Una izquierda, la de los sindicatos, que sabe que vive infinitamente mejor con Zapatero que con el Partido Popular, y que por ello es incapaz de exigirle responsabilidades con la que está cayendo. El miedo a tirar piedras contra el propio tejado es mayor que el sentido de la responsabilidad de unas organizaciones sindicales que sólo se representan a sí mismas. A los jóvenes, que no tenemos carnet del partido desde hace treinta años, no se nos pueden pedir actos de fe. Queremos hechos políticos, verdaderos, porque sabemos leer la actualidad y no se nos escapa que si el color del Gobierno fuera otro, la lucha sería real y encarnizada, y que incluiría la puesta en práctica del legítimo derecho de huelga. No se nos escapa que , en efecto, los sindicatos mayoritarios de este país le están bailando el agua a Zapatero. Por ello reclamamos una izquierda de verdad o que le llamen a las cosas por su nombre, aunque tenga que ser en un acto anodino y sin más trascendencia que el celebrado en el Congreso.