El primer mes de la pretendida "nueva era" de las instituciones europeas termina sin sorpresas: la UE sigue tan lejos de los ciudadanos como antes, Van Rompuy y Ashton se han caracterizado por su inoperancia, y la coordinación comunitaria frente al desastre de Haití ha sido inexistente, hasta el punto de que Fernández de la Vega ha tenido que hacer horas extra y representar a Europa en Canadá y en el mismísimo Puerto Príncipe. ¿Será posible que en las próximas décadas la UE consiga tener una voz unida en el plano internacional? ¿No era eso de lo que iba el Tratado de Lisboa? El Servicio Exterior europeo debe salir cuanto antes de la teoría y convertirse en una realidad, a ver si eso espabila a los dos fichajes, aunque sin un liderazgo fuerte, y sobre todo visible, se quedará en papel mojado y en un enorme derroche de fondos. Van Rompuy y Ashton tienen que demostrar de una vez para qué han sido elegidos. Todos sabemos sonreír en las fotos, sí, pero dar la cara y asumir responsabilidades es lo que verdaderamente se espera de dos puestos de tan altos vuelos como los que ocupan. Si no toman pronto las riendas y demuestran que no han sido escogidos entre la marabunta de candidatos para mantenerse al margen y tener la boca cerrada, el descrédito y la apatía hacia la Unión Europea pueden adueñarse de más sectores de la sociedad. Y no es a esa Europa, desvinculada de los pueblos que la conforman, anónima y fragmentada, a la que queremos dirigirnos. Después de lo agónico de la aprobación del Tratado de Lisboa, de las ilusiones y esperanzas puestas en las reformas que auguraba, los europeos se merecen un esfuerzo mayor del que se está haciendo. Que Bruselas no parezca el plató de una nueva adaptación coral de El hombre invisible. Ya hemos visto demasiadas películas de serie B en los últimos tiempos. Nos merecemos una superproducción, de una vez por todas.
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