
Ayer decidí poner por fin un poco de orden en mi portátil. Después de dos años sin formatearlo, capas y capas de información y programas inútiles se amontonaban por el caótico escritorio. El siguiente paso natural: desinstalar cosas. Hacer limpieza. Así me di cuenta del olvido al que había relegado al compañero más infatigable de mi generación: el
eMule. Casi una década de éxitos, quién lo iba a decir. El caso es que llevaba meses sin utilizarlo. Meses sin descargar nada. Es el signo de los tiempos: avanzamos hacia las aplicaciones en el aire, en Red,
streaming, Spotify y sus amigos. El furor que demostramos un ejército de adolescentes en acumular películas, música, libros, todo lo que se pusiera por delante, parece algo ya tan obsoleto como la televisión en blanco y negro. Hace tiempo, mucha gente me comentaba que había llegado a un especie de síndrome obsesivo y que lo único que les importaba era bajarse cosas, sin importar el qué. Tener el menú lleno, ver las barritas de porcentaje aumentando poco a poco, dejar el ordenador encendido hasta una semana entera sin descanso. Aunque a algunos les gustaría echarnos al fuego y hacer una barbacoa con nuestras entrañas, hemos crecido con ello. Y para bien o para, ello también representa un cambio. El signo de los tiempos, que decía.