Se habla mucho de la “Europa de los ciudadanos”, “Europa de los pueblos”, “Europa de los tecnócratas”, “Europa de los mercaderes”, etc, y parece que nadie quiere hablar de esos más de 100.000 municipios a lo largo y a lo ancho del territorio de la Unión Europa los que –digo yo- algo pintan: ¿dónde vive la gente?El Municipio es el hilo conductor de la historia toda de Europa. He ahí la más antigua y más próxima de las organizaciones políticas, la más capaz de aglutinar y dar participación a los ciudadanos y ciudadanas en los asuntos públicos. Si desde las Anfictionías de Grecia y desde las plazas exentas del Imperio Romano pasamos a la Edad Media y en ella, los burgos, bien sometidos al poder feudal, bien al real tal los de realengo, o bien exentos, esos burgos vivificaron un quehacer diario, una autonomía y hasta en casos una rebeldía, la que simboliza el “¡Fuenteovejuna, todos a una!”
Si con Arnaldo Bagnasco tenemos en cuenta que en el devenir político a lo largo y ancho de toda Europa, “las regiones pudieron organizar el terreno de juego, pero fueron las villas los auténticos jugadores”, reconoceremos que el salto hasta el Estado-Nación que vivimos en los albores de la Edad Moderna, asentamos en Wesfalia y declina hoy en aras de la supranacionalidad, fue mérito no atribuible a los territorios feudales, al entonces todopoderoso papado y a unas incipientes monarquías, sino al trabajo cotidiano de las villas, a su consolidación política y –caso de atropello- al ruido y la furia de su rebelión.
Así siguen y así se mantendrán los Municipios: lo más próximo a las personas y lo más extendido en la geografía planetaria, concretamente en Europa.
Cuando tras la Segunda Guerra Mundial se proyecta la construcción europea, una entidad no estatal, “Le Consell des Communes et des Regions de l’ Europe”, participa y hasta en cierto grado protagoniza la voluntad ciudadana en pro de una Europa política. Ese Consejo, en sus siglas francesas CCRE, participó muy activamente en el Movimiento Europeo y, con éste, en el proyecto concreto de Unión política que derivaría en el Consejo de Europa, hoy subsistente y útil en su ámbito de 43 Estados y, más adelante, en la creación del espacio económico después político de las Comunidades, hoy Unión Europea, para su ámbito de 27 Estados.
Y toco un tema espinoso: se han pretendido contraponer Municipios y Regiones en el organigrama del complejo decisionismo político europeo. La verdad es que unos y otros son imprescindibles a ese respecto. No voy a entrar aquí en el fenómeno de los aproximadamente 250 territorios tenidos por Regiones Europeas y sus propósitos, a veces medidos, a veces desmedidos, de intervención en la preparación y la ejecución de toda la normativa comunitaria.
Quede eso para otro momento, pero es de justicia señalar que en los momentos de institucionalización del Comité que habría de amalgamar esas voluntades, el vulgarmente conocido por Comité de las Regiones, fuimos muchos los Eurodiputados de los años 80 que forcejeamos, argumentamos y conseguimos aprobar que del llamado Comité de Regiones formasen parte representantes municipales. Así, según el Art. 300.3 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea, TFUE del vigente Tratado de Lisboa constan “(…) representantes de los entes regionales y locales (…)”.
Bajo ese régimen, el Comité debería, en rigor llamarse “Comité de Regiones y Municipios”: lamentablemente todavía no es así. Y también es lamentable que el número de representantes municipales sea muy inferior al de los regionales o, para entendernos en España, autonómicos.
Recordemos, la administración local es la base territorial donde se ejecutan las políticas comunitarias, y el 80% de las Leyes aprobadas en los Estados miembros son transposición de aquellas.
Ejemplo muy de ocasión es el de la Directiva de servicios. No puedo aquí sino aludir a ella, pero sepamos que su aplicación en España va a requerir un gran esfuerzo en cada uno de los tres niveles políticos del Estado. Pero que en el más próximo a los ciudadano, el Ayuntamiento, llegar a logros tales como la ventanilla virtual, puede ser una epopeya.
Aunque, es un signo de esperanza la buena administración que de las ingentes y muy comprometidas cantidades procedentes del FEDER durante tantos años, han sido ejemplarmente administradas por nuestros Ayuntamientos.
¡Votemos, pues, porque los Municipios voten, es decir, decidan en esa Europa cuya construcción no puede prescindir ni del vértice ni de la base de la pirámide!
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