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Viernes
30 Jul

Dinosaurs will die

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Ayer decidí poner por fin un poco de orden en mi portátil. Después de dos años sin formatearlo, capas y capas de información y programas inútiles se amontonaban por el caótico escritorio. El siguiente paso natural: desinstalar cosas. Hacer limpieza. Así me di cuenta del olvido al que había relegado al compañero más infatigable de mi generación: el eMule. Casi una década de éxitos, quién lo iba a decir. El caso es que llevaba meses sin utilizarlo. Meses sin descargar nada. Es el signo de los tiempos: avanzamos hacia las aplicaciones en el aire, en Red, streaming, Spotify y sus amigos. El furor que demostramos un ejército de adolescentes en acumular películas, música, libros, todo lo que se pusiera por delante, parece algo ya tan obsoleto como la televisión en blanco y negro. Hace tiempo, mucha gente me comentaba que había llegado a un especie de síndrome obsesivo y que lo único que les importaba era bajarse cosas, sin importar el qué. Tener el menú lleno, ver las barritas de porcentaje aumentando poco a poco, dejar el ordenador encendido hasta una semana entera sin descanso. Aunque a algunos les gustaría echarnos al fuego y hacer una barbacoa con nuestras entrañas, hemos crecido con ello. Y para bien o para, ello también representa un cambio. El signo de los tiempos, que decía.
 
Ayer desinstalé Emule, junto con otra montaña de programas inservibles. Fuimos los primeros en tener, literalmente, el mundo a nuestros pies. Y gratis. Todo gracias a un puñado de kilobytes que ya han perdido su sentido. Puede resultar difícil de creer, pero lo recuerdo con cariño. Casi con ternura. 
 
Si las industrias culturales no se redefinen pronto, irán por el mismo camino, a la papelera de reciclaje. Como cantan los NOFX en uno de los primeros discos que he comprado legalmente por Internet, dinosaurs will die and I do believe no one will cry, I'm just fucking glad I'm gonna be there to watch the fall. Que tengan cuidado.