Uno de los grandes desafíos que tendrá sobre la mesa el próximo inquilino de la Casa Blanca es la reconducción de las relaciones con Rusia, un asunto capital tanto para los Estados Unidos como para Europa. También para la OTAN, cuyo diálogo con el gigante del Este se ha visto interrumpido súbitamente tras la crisis del Cáucaso y sus ulteriores consecuencias. La ampliación de la Alianza Atlántica hacia el Este, con la vista puesta ya en Ucrania y Georgia, podría empeorar aún más las cosas y generaría, desde luego, profundas suspicacias en Moscú.
La victoria pírrica de Rusia, ante un enemigo infinitamente inferior y que no tuvo la suficiente capacidad de análisis para prever la reacción rusa ante su inútil y gratuita provocación, tampoco debe minusvalorarse y hay que situarla en su justo término. Por una parte, refuerza y legitima internamente al máximo líder ruso, el primer ministro Vladimir Putin, consolida su posición como árbitro en las regiones del Cáucaso y Asia Central y contribuye al debilitamiento de aliados tradicionales de Washington en esta parte del mundo, como Georgia y Azerbayán. Y, en la otra, envía un inequívoco mensaje a Occidente tras los últimos acontecimientos en el mundo: el multilateralismo norteamericano no va a quedar sin respuesta y las humillaciones de la OTAN en los Balcanes, con su consiguiente e irreparable consecuencia de la independencia de Kosovo, por no hablar de otros capítulos, tienen un límite.
La Unión Europea (UE), que ha tratado de jugar un papel protagonista durante toda la crisis, nuevamente mostró sus fracturas, sobre todo entre los que defendían firmeza y rotundidad frente a Moscú y los que abogaban por un consenso con Rusia sobre la forma de resolver el contencioso georgiano. Entre líneas, pese a la euforia mostrada por la presidencia francesa y la supuesta retirada rusa de suelo georgiano, la realidad era bien distinta al optimismo mostrado por algunas cancillerías europeas, entre ellas la francesa. Georgia quedaba dividida -¿quizá para siempre?- en varias entidades políticas y su integridad, tras el reconocimiento ruso de Abajasia y Osetia del Sur, quedaba en entredicho. Harto difícil será el extender los límites territoriales de la OTAN hasta un país tan convulso, gobernado por una elite irresponsable y caprichosa y con unas fronteras tan tendentes a la inestabilidad, por no hablar de la probable/previsible cercanía a una Rusia cada vez más problemática y que va a ejercer un rol más activo en una región que siempre ha considerado como su “patío trasero”. Georgia quedará por mucho tiempo en la periferia más inestable, entre una Rusia con pretensiones imperiales y un Cáucaso que muestra una crónica tendencia a la inestabilidad. Nadie arriesgará sus relaciones con Moscú por defender la "sagrada" integridad territorial georgiana. Retórica, nada más.
Los errores cometidos por el peor presidente de la historia de los Estados Unidos –según una encuesta de USNEWS-, que siempre actúa unilateralmente y sin tener en cuenta a sus aliados y amigos, ha llevado al actual caos mundial. Tantos desatinos, en busca de un liderazgo mundial sin contar con la OTAN y la legitimidad internacional, han llevado al actual estado de cosas. Arduo, pero necesario, será el camino hacia el sentido común y la templaza, dos atributos de los que ha carecido la actual administraciòn norteamericana durante estos años.
Las crisis de Irak y Afganistán, por poner tan sólo dos ejemplos, el parón en el proceso de paz en Oriente Medio, el errático reconocimiento diplomático de la independencia de Kosovo, que tendrá fatales consecuencias en los Balcanes, y la reciente escalada política con Rusia, por apoyar la aventura militar georgiana contra Osetia del Sur, deberían hacer recapacitar a los líderes occidentales en el sentido de la necesidad de buscar un nuevo marco político internacional que sea capaz de generar grandes respuestas para los problemas y desafíos de nuestro tiempo. Desde Europa, que necesita de Rusia no sólo por la cuestión energética, sino porque es capital reconstruir de nuevo en un clima de confianza una estructura de seguridad y cooperación que permita resolver pacíficamente los conflictos, es un imperativo político y moral demandar ese diálogo con Moscú, que debe ser crítico pero a la vez reflexivo y realista. Todo ello, desde luego, en aras de evitar la impredecible guerra fría que anuncian los agoreros del Pentágono y los neoconservadores de medio mundo. Si sus peores pronósticos se cumplen, quizá porque es su deseo volver a esa era en la que los Estados Unidos arbitraban el orden internacional, entraremos en un nuevo ciclo de rearme descontrolado, episódicas crisis de difícil control y un mundo más inseguro e inestable. Esperemos que sea así.

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