



Me excusaré con Zapatero porque le he hecho un feo al no ir a Madrid a la cumbre estrella de la presidencia española. Le contaré que estoy preocupado por mi agenda interna y el desempleo (seguro que él lo entiende, creo que casi nos doblan en paro) y de mi interés por Asia no le diré ni mú, no vaya a ser que se enfaden los socios grandes de la UE. Y es que, con la de preparativos que llevamos para esa cumbre, me he dado cuenta que en otro viaje a Europa no voy a sacar nada en claro y en España no es que nos quieran mucho a los americanos. Me han dicho que José Luis una vez no se levantó ante nuestra bandera.
Además, estos últimos días, la derrota en Massachusetts me ha llevado a preguntarme qué coño se me ha perdido a mí en la UE cuando tengo unas legislativas cerca y allí sólo hay una banda que no sabe ni lo que quiere. ¿Qué nos pueden aportar de nuevo los europeos? ¿ Para qué voy a viajar de nuevo a la UE si sólo gano fotos y la popularidad allí ya la tengo en el bolsillo de antemano? ¿ Con quién debo hablar? ¿Con Merkel, Sarkozy, Brown o con Barroso, Van Rompuy y Zapatero? Y resultará que cada uno me da una opinión distinta sobre el mismo tema. ¿No será mejor que viaje a Europa cuando ellos tengan claro el galimatias institucional y lo que nos quieren ofrecer? De momento, es preferible que mi amigo José Luis venga a desayunar conmigo a Washington, nos deleite con un pasaje de la Biblia y nos hable de su Alianza de Civilizaciones, ese extraño instrumento diplomático que en época de mi antecesor Bush podría tener sentido, pero ahora....¿Será que no escuchó mi discurso del Cairo? De lo que le he rogado no mencione gran cosa es de economía, no vaya a ser que alguno aquí tome nota y el descalabro sea todavía mayor. Y si se pone pesado y me insiste sobre mi visita a Madrid, le diré que nosotros somos gentes de palabra, no como los españoles. Y cuando anunciamos que no vamos es que no vamos.



Lo que más miedo me da de todo esto, es que al final todo el circo militar no sirva para nada y dentro de unos años volvamos a ver a los talibanes en el poder aplicando la sharia, con mujeres debajo de sus burkas, destrozando su patrimonio cultural y violando todos los derechos humanos que tengan a su alcance. Y la UE, ¿qué dice al respecto? No sabe no contesta, como siempre.
Las fotos que han circulado por internet y que muestran a un grupo de médicos puertorriqueños que fueron enviados expresamente a Haití entregados en cuerpo y alma a la parranda, exhibiéndose incluso con armas ajenas y aireando alegremente un serrucho dispuesto a amputar en un improvisado quirófano, constituyen la prueba más divulgada de los excesos que ha generado el drama isleño. Pero no es la única. Para empezar, la cobertura mediática ha sido muy desigual, ya que si algunas informaciones permitían calibrar la tragedia sin recurrir al amarillismo, otras abundaron en tomas sensacionalistas y anécdotas vendibles al socaire del caos que se ha ido instalando en el país caribeño desde que sufrió la brutal sacudida. Junto a los titulares esperpénticos y los mensajes simplistas empapados de maniqueísmo, coexistieron durante días las crónicas ramplonas, descontextualizadas, sobre todo en los medios audiovisuales, lo que impidió que los receptores accedieran a la trastienda isleña y valoraran con conocimiento de causa las secuelas de un terremoto que ha hundido definitivamente a un país ingobernable, que navega desde hace decenios a la deriva. El despliegue internacional para auxiliar a la población haitiana es plausible, desde luego. Pero se produce tardíamente, muy tardíamente. El planeta está plagado de Haitís que sólo emergen en las primeras planas cuando se los traga el tsunami de turno. Y, puestos a acabar, el drama caribeño debería haber servido para hacer hincapié en la histórica desidia del norte ante un sur empobrecido, no sólo por la incompetencia y los desmanes locales sino, fundamentalmente, por el saqueo al que fue sometido por parte de las antiguas metrópolis que siguen en buena medida bloqueando el progreso de los menesterosos, que son legión. El desdén informativo con el que se maneja una realidad que merma día a día en vidas humanas y que mantiene en jaque permanente a las tres cuartas partes del planeta, debería estar tipificado como falta muy grave en cualquier código de conducta periodística. Haití, sin duda alguna, volverá de nuevo más temprano que tarde a su miseria silenciada, a su terremoto cotidiano e inaudible para la comunidad internacional, con la complicidad de todos, aunque ciertamente existan culpables mayúsculos de ésta y otras calamidades que nos rondan de continuo, pero que desmerecen en los medios.
Venga, vamos a ser positivos y echemos desinteresadamente una manita contra la crisis. Aquí van algunas propuestas, cuyo mérito ha de atribuirse a las organizaciones empresariales y otros grandes economistas, como MAFO.




