


La NO política exterior española no gana para disgustos. Primero, la muerte de Orlando Zapata en Cuba y ahora, el auto de la Audiencia contra el gobierno de Venezuela por permitir la connivencia entre ETA y las FARC. Las alianzas de Zapatero con la dictadura cubana y el autoritarismo chavista traen estos lodos. En política hay que dialogar y hacer concesiones cuando se consiguen resultados.

La democracia no sólo se basa en elecciones limpias y transparentes también en el respeto a los procedimientos y al Estado de Derecho. Me alegro que Uribe no pueda volver a presentarse como candidato en las presidenciales de Colombia. Me alegro de que el Tribunal Constitucional de Colombia se haya mostrado como un órgano independiente del Ejecutivo y se haya pronunciado por mayoría contra el referéndum para la reelección de su actual presidente porque la consulta viola la Constitución. Y me alegro porque es un buen ejemplo frente a otros países de la región como Venezuela, Bolivia y Ecuador que ha reformado sus constituciones para que sus presidentes puedan ser reelegidos; algunos como el caudillo de Caracas de forma indefinida.
Los fondos de inversión de alto riesgo celebran reuniones similares con asiduidad para acordar posturas de las que se puedan beneficiar mutuamente y, según detalla el diario, en 2008 se llevó a cabo una en la que se apostó por ir en contra de los valores de Lehman Brothers, algo que aceleró su desplome poco después.

La muerte del disidente cubano Orlando Zapata ha vuelto a demostrar lo que vale el diálogo con la dictadura cubana. Lo vergonzoso es que el presidente español y europeo, Rodriguez Zapatero, no tuviera los redaños suficientes para criticar el régimen de los hermanos Castro en su alocución sobre la pena de muerte en Ginebra. Al día siguiente, es posible que el rubor le impulsase a pedir la liberación de los presos políticos en la isla. Pero mientras su gobierno y el estandarte de nuestra política exterior, Miguel Ángel Moratinos, se empeñaba en querer modificar la posición común de la UE sobre la dictadura. Los abrazos de Raul Castro a Moratinos hace más de un año en La Habana parecen haber dejado una huella indeleble en nuestro ministro. Esas 4 reuniones que ya se han producido

La derecha europea se distingue cada vez más por rendir pleitesía a los mercados y hacer todo lo posible para no incomodar a sus hacedores, a pesar de que en este distinguido gremio de diosecillos figuran los responsables de la última crisis financiera que ha empobrecido a todo el mundo menos a los pudientes. Por supuesto, la derecha española también jura obediencia ciega a los mercados y recomienda que los políticos se mantengan a una saludable distancia de los mismos. Ya saben, la famosa autorregulación defendida por el neoliberalismo y que permite, deus ex machina, que los mercados se curen a sí mismos sin necesidad de que el Estado intervenga en la operación. Evidentemente, en la última crisis que nos ocupa, esa autocorrección no ocurrió. Y de ahí que los Gobiernos tuvieran que adquirir un protagonismo inusitado, recurriendo a las arcas públicas, para auxiliar a las muchas corporaciones que resultaron debilitadas tras haber practicado durante años una escalofriante especulación con todos los bienes que podían servir para lucrar, según su avara percepción de las cosas. El líder del PP, Mariano Rajoy, acaba de advertir al presidente José Luis Rodríguez Zapatero que en lugar de atacar a los mercados, haga frente a la crisis, la falta de crédito y el desempleo, como si estos tres desafíos estuvieran desvinculados del sistema económico en curso. Resulta increíble la desfachatez con la que la derecha ignora a los sectores más vulnerables y reivindica, con el mismo descaro, los principios que sirven para remachar aún más la coraza de esa minoría que sigue medrando a costa de los demás.


